“Un, dos, tres…usted está profundamente dormido”

Por: Arancha Naranjo

Inés lo amenazó con abandonarlo. No era la primera vez, con el fin de las vacaciones siempre volvían los problemas, un mes juntos los enfrentaba a sus realidades. El fin de semana pasado la fiesta se desmadró tanto que le tocó dormir en el sofá. Lo último que podía asumir Ignacio era que Inés se fuera. Infancia en un orfanato, no podía consentir que volvieran a dejarlo. Lo iba a intentar con todas sus fuerzas.

Salió para el trabajo, trajeado, una bandolera le colgaba del hombro. En el parabrisas del coche encontró una publicidad. Se trataba de una hipnotizadora, Érika Mare, prometía ayuda para todo tipo de problemas y dependencias. No tenía tiempo de leerlo entero, lo dobló y lo guardó en el bolsillo de la chaqueta.

La atmósfera del estío dejaba una patina amarillenta en las calles de Madrid, un polvo del desierto cubría las superficies, parecía que se anduviera por un cuadro de  Dalí. El sudor lo pegaba al respaldo del asiento, las manos pegajosas conducían rutinariamente. En su cabeza daba vueltas el ultimátum, debía de hacer algo por retenerla.

Al llegar a la oficina volvió a leer el papel. Llamó a Érika Mare. Le dieron cita para dentro de quince días. Le parecía demasiado tiempo, no sabía si podría retener a Inés, el cansancio estaba acumulado. Pidió una confirmación por correo de que había hecho la cita, al menos tendría algo para mostrarle, que se estaba moviendo en el buen camino.

A Inés la había conoció  al hacer su ficha de registro en la delegación de San Blas del Ayuntamiento. Ella venía de Logroño y acababa de obtener plaza en educación, impartiría clases en un colegio del barrio. Estaba muy contenta, solo tenía veinticuatro años y ya había conseguido su sitio en la capital. Ahí salió su lado más protector y paternal, ocuparse de la joven recién llegada. De eso ya habían pasado unos cuantos años, él ascendió a jefe de sección y acabaron viviendo juntos, bajo la premisa de no tener hijos, por decisión de Inés que ya tenía suficiente con los niños de la escuela. Él se amoldó y con el tiempo desarrolló también una intolerancia infantil y poco a poco social. De caballero andante había pasado a marioneta de la doncella. Pocas veces se reunían ya con los amigos, se quedaban encerrados en su adosado; ella preparando clases, él fumando sus cigarrillos mentolados en un intento de acabar con la dependencia. La fiesta de la semana pasada había sido la reunión anual de la pandilla, quizás la última a la que asistiría. No quería más ruido en la cabeza, ni humo en su ropa, tenía que acabar con el tabaco.

Absorto en sus recuerdos sonó su móvil, le habían encontrado un hueco esa misma tarde para la consulta de Érika. No necesitaba ninguna preparación, le esperaban a las cinco en el sesenta y tres de la calle Suecia, justo al lado de la floristería.

Llegó con las manos sudorosas, el corazón a todo pálpito, dudó en traspasar el umbral de la puerta, no se sentía cómodo.  En realidad no acababa de entender por qué iba a aquella cita. ¿Creía que cuarenta minutos bastaban para dejar de fumar y que no lo abandonaran?

Pasó a una sala de espera austera, decorada con butacas en loneta azul Prusia; una orla y un diploma de estudios en PNL en la pared de la izquierda, reflejados en el espejo enfrente; una mesa de teca en el centro con revistas de pintura surrealista; y al fondo una ventana que  abría a la calle. Un detalle más: flotaba en el ambiente un olor intenso, dulzón, que no sabía identificar.  Se acercó a la orla, tenía curiosidad por conocer qué tipo de gente estudiaba esas cosas. Enseguida descubrió quién era Érika. En la primera fila encontró la cara redondeada de una mujer  ataviada con un turbante en la frente para contener los rizos claros de una cabellera encrespada; unas gafas, estilo Harry Potter y una sonrisa tranquila cual madona del Renacimiento, era ella. Esa imagen paralizó el sudor de sus manos, le quitó la necesidad de encender un cigarrillo. Se sentó y esperó.

Érika lo recibió con un vestido vaporoso en tonos fucsias y azules, en claro contraste con él que no se salía de la gama de los grises, para resaltar siempre la ropa de Inés a la moda de la calle Serrano. Debía de rondar los setenta años o eso le pareció a él, podría ser más bien su madre. Le tendió una mano regordeta y pequeña, se presentó y le hizo tumbarse en un diván de su consulta. Antes de empezar la charla le dio un bastoncillo impregnado en una sustancia cuyo aroma no era muy agradable, más bien picante, semejante al anterior, pero más intenso, subía por los pelillos de la nariz. Le pidió que se lo acercara solo de vez en cuando en el trascurso de su encuentro, no debía asustarse, no era nocivo, una planta de los ribazos. Ella dirigía la conversación. Estaba interesada en saber  desde cuándo fumaba, el motivo por el qué empezó, el tipo de relación que lo unía a Inés. Él se revolvía,  le costaba hablar de su intimidad. Al cabo de unos treinta minutos Érika contó hasta cinco y él dejó la consciencia. Cuando volvió en sí de nuevo, ella le sonreía plácidamente y le sujetaba la cabeza con su brazo carnoso. Quedaron en volver a encontrarse el jueves, se verían dos veces en semana hasta completar el tratamiento.

Al salir compartió el ascensor con alguien vestido con una armadura medieval. No se dejó impresionar, se enfundó en su mutismo y pulsó el cero. Se sentía algo aturdido por la sesión, responder a las preguntas le había removido. Conforme bajaban su compañero se iba quitando piezas: la greba, la falda loriga, las coderas, los brazales, todo hasta dejar solamente el peto, protector del corazón, y el yelmo que guardaba la cabeza. Al llegar al portal una voz viril exclamó, “qué bien abandonar los encorsetamientos”.

Una vez fuera del edificio se dirigió al coche que estaba envuelto en una nube de mariposas blancas. El cambio climático era un hecho, no había más que ver la confusión de los insectos. Una mujer envuelta en una túnica blanca le preguntó dónde estaba el jardín de infancia, debía recoger a su hijo, hacía mucho tiempo que lo había dejado. No esperó a su respuesta, extendió los brazos hacia adelante y salió corriendo, llorando, gritando que quería a su hijo; se fijó en que iba descalza. El primer pensamiento fue hacia su madre, ¿lloraría ella también cuando lo dejó en la casa cuna?

Montó al Audi gris metálico de segunda mano, metió primera, aceleró y se dirigió a la calle Siracusa. La opresión en las sienes iba en aumento necesitaba tumbarse un rato, despejar su mente.

Ya en casa salió a su encuentro una mujer vieja, vestida de negro, con un sombrero piramidal, medias a colores, botines puntiagudos y una escoba. No dejaba de mover la boca, pero él no lograba entender, parecía muy enfadada. El sopor era tan intenso que subió a la habitación y se tumbó en la cama.

Inés le despertó para cenar recriminándole que no se había quitado los zapatos sobre la colcha. Le comunicó de golpe la visita de su madre para pasar unos días, tenía que ver la parte positiva, le libraba de cocinar. Ni una pregunta acerca de su estado, ni una caricia de recibimiento. Él no encontraba las fuerzas para enfrentarse a suegra e hija, además tenía problemas para digerir, todavía le quedaba algo de aquel olor en los cilios de su nariz que le enviaban ráfagas al estómago, la cena le supo inmunda.

En la siguiente sesión con la señora Mare le contó las experiencias oníricas que había tenido después de la primera consulta. Érika le tranquilizó diciendo que iba por el buen camino. Repitieron la misma dinámica de la vez anterior, primero le dio un bastoncillo impregnado en ese olor tan característico y que no alcanzaba a descubrir y continuó con preguntas sobre las imágenes vividas: qué le sugería que alguien se fuera quitando capas como el hombre de la armadura; qué sabía acerca de su madre, del motivo del abandono, de la presión que pudo tener ella para hacerlo y acabó con la relación que mantenía con su supuesta suegra. Esta vez él se sintió más cómodo contestando. Al cabo de treinta minutos de nuevo cayó en trance, ni un recuerdo.

Al entrar al ascensor se topó con un hombre que llevaba un látigo arrollado al hombro, un machete en la mano y un sombrero de fieltro marrón de ala ancha. Al llegar al portal, el hombre se dirigió a él para decirle: “hay que ir desbrozando con mano dura la selva de las emociones”.

Andando de camino a casa se cruzó con una garza de plumaje rosa y el pico de colores que llevaba un reloj de bolsillo enroscado al cuello. Le recordó al conejo de Alicia en el país de las maravillas, “no nos queda tiempo, apresúrate”.

Antes de la cena volvió a acostarse, en ese duermevela aparecía una señorita Rottenmeier recriminándole constantemente su forma de vida y sus amigos,  él sacaba su paquete de mentolados y fumaba hasta que el humo borraba la imagen de la institutriz.

Siguieron las sesiones con Érika y siguieron sus ensoñaciones. A finales de mes seguía fumando y la discusión con Inés fue tan fuerte que no esperó a que lo abandonara, cogió su mochila y se fue él.

Se dirigió a la calle Suecia sesenta y tres sin cita previa, compró unas flores en la tienda de al lado, subió al quinto, y se encontró con un cartel de “se vende”, ni rastro de un consultorio. La única que le pudo contar algo fue la vecina, una mujercilla encogida, que tras la puerta de su casa dejaba ver un hall repleto de rosas, tulipanes, lirios, margaritas, envueltas todas en el celofán de la tienda. Le explicó que el piso contiguo llevaba vacío dos meses por lo menos, desde la muerte de la propietaria. Los herederos habían decidido venderlo. No había entrado, ni salido nadie, ella estaba segura porque su Lucy hubiese ladrado ante cualquier nuevo olor. Ignacio le regaló el ramo de peonías, apuntó el número del cartel y salió del edificio.

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